Como todo en la vida
Lunes, 20 de octubre de 2025
Pretemporada, ¿Qué es eso? ¿Debo parar? ¿Sigo? Llegó el fin de año y con ello las redes sociales y sus tantos perfiles de ciclismo empezaron a llenarse de este término ¿temporada de qué? Para un ciclista aficionado como yo no dice más que “antes de la temporada” Voy a lo obvio, Google, entendí que básicamente era el momento del año de bajar la cadencia, el ritmo, disminuir distancias y ocuparme más de las fiestas decembrinas, una definición más austera y en lenguaje coloquial para el ciclista promedio.
Ahora que está claro, hago un balance y después de pedalear como loco durante los últimos 5 meses en mi bici de ruta preparando de la manera más empírica mi primera participación en un gran fondo, el L´Etape 2022 que se llevó a cabo en mi ciudad, una de las más bellas de Colombia, Villa de Leyva, decido que me merezco unas vacaciones, debo dejar de correr, medir, sumar kilómetros y restar kilogramos, debo volver a lo que me llevo de cabeza a esta pasión llamada ciclismo, hago un ligero mantenimiento a mi bici de MTB, calculo presión de los neumáticos y vuelvo a recorrer las montañas, bosques y desiertos que rodean el hermoso valle del Saquenzipa, voy a volver al polvo, al barro, a las trochas, a empujar mi bici cuesta arriba por rampas con inclinaciones de 2 cifras, a cruzar el río haciendo equilibro en contra de la corriente, a vivir y respirar en medio de la naturaleza.
Pase todo el mes a un ritmo más bajo, divirtiéndome y tomando fotos de algunos de los lugares más lindos de Boyacá, todo esto mientras planeaba lo que sería mi próximo año ciclístico. 2023 sería el año de viajar, de adentrarme en ese desconocido y tan tenebroso mundo (para muchos) del “bike-packing”, literalmente viajar con la maleta montada en mi bicicleta, una definición fácil y básica, tan alejada de la realidad que en la práctica se convierte en una cruda bofetada que aterriza al más impetuoso e inexperto ciclista que decide sumergirse en él.
Vámonos para Gachetá
“Mi tío me escribió, van para Gachetá y nos invitaron a pasar puente de reyes con ellos en la finca” Lorena mi esposa, ponía en bandeja de plata la iniciación perfecta, echar a rodar el plan fijado para 2023 y tan solo en la primera semana del año, era lunes, 2 de enero y la oportunidad no podía ser mejor, tenía 3 días para planear todo antes de dar el primer pedalazo, mi esposa viajaría en el carro con Lucas, nuestro hijo de 5 años, Cocoa (la hija de cuatro patas) y la indispensable e infaltable montaña de maletas con ropa, zapatos, juguetes y diferentes artículos innecesarios para un puente festivo. La idea era estar en Gachetá el viernes, Lorena arrancaría en la mañana, en un viaje que en condiciones normales no toma más de 5 horas, así que yo debía partir el jueves, un día antes para cumplir con el itinerario familiar.
Gachetá es un pequeño municipio ubicado en la región del Guavio, un pueblo a unos 1750 m.s.n.m, puerta de entrada a uno de los embalses más importantes de la región, el Embalse del Guavio y su hidroeléctrica, paso obligado de la Ruta del Agua, un camino eco turístico ideal para llevar a cabo actividades de trekking, ciclismo, avistamiento de aves entre otras, comprendida entre los departamentos de Boyacá y Cundinamarca a través de los municipios de Chivor, Ubalá, Gama, Gachalá y Junín, todo esto, rodeado de verdes montañas características del bosque tropical, surcadas por ríos, arroyos y riachuelos que descienden a través de profundos cañones desde los escarpados e inhóspitos páramos que coronan la cordillera oriental, hogar de frailejones, conejos, venados y osos de anteojos, en resumen, todo un icono ecológico cundiboyacense.
Ese era mi destino, seguro podría cubrir la distancia completa por la carretera en mi bici de ruta, llegaría arrastrando los pies, pero llegaría, aunque sería demasiado fácil y rápido, no habría tiempo de tomar fotos, apreciar el paisaje, tomarme una cerveza y relajarme de cuando en cuando, lo haría en mi bici de MTB, seguro, no es el ideal del bike-packing, no cuenta con la comodidad y ligereza de una bicicleta de Gravel, pero debemos hacer lo que queremos con las herramientas que tengamos a mano y mi bici, con un poco más de esfuerzo seguro me llevaría a feliz puerto y sin duda alguna me permitiría conocer lugares que nunca hubiera creído conocer. Así pues llegó el momento de planear.
Trazando la ruta
Mi viaje iba a ser radicalmente distinto a las rutas que solía planear, serían algo más de 180 kilómetros divididos en dos etapas, dos días que incluían una noche de hotel cerca del kilómetro 120, priorizando caminos rurales, alejándome lo más posible del asfalto y las concurridas carreteras de Boyacá y Cundinamarca, centrando toda mi atención en las rutas que llevan a las entrañas del país, la Colombia rica en naturaleza y biodiversidad, llena de laderas repletas de cultivos de cebolla, papa y maíz, regadas por cuerpos de agua imponentes que se enriquecen con las constantes lluvias características de nuestras montañas, custodiadas por gente buena, dispuesta a ayudar, a guiar, acompañar y como es costumbre en nuestro país, campesinos que salen a vitorear como héroes a los cientos de escaladores que día a día recorren la geografía nacional.
Fue por allí por donde trace mi ruta, me puse manos a la obra y eché mano de cuanta ventaja tecnológica pudiera tener por encima del desafío que venía hacia mí: blogs, videos, Wikiloc, Street View, Komoot y Strava como principales aliados, el plan era sencillo, el día 1 transcurriría en relativa calma y control, ya que el tramo Boyacense del viaje lo cubriría por rutas ya exploradas, Sáchica, La Candelaria, Ráquira y San Miguel de Sema. En adelante todo sería nuevo: Guachetá, Lenguazaque, Cucunubá finalizando mi primera jornada en Suesca, acomodado en un hotel cálido, en donde pudiera tomar una ducha, recuperar fuerzas con un par de cervezas, pasar una noche lo más cómoda posible, y lo más importante, asegurar un buen desayuno antes de iniciar el trayecto más duro del viaje que además incluiría cruzar el Páramo de Vista Hermosa para descender hasta Gachetá, después de pasar por los municipios de Sesquilé y Guatavita.
La maleta
A la mano tengo una maleta pequeña de esas que se amarran en la parte frontal de la bicicleta, allí empacaría todo aquello que necesitará tener más a la mano: unos bocadillos, barritas de cereal, maní, uvas pasas, mi Power bank, cables para recargar el celular y el GPS, dinero en efectivo, dinero plástico y los documentos.
La “maleta de bodega” sería uno de esos pequeños, pero famosos morrales Quechua, la llevaría cargada en la espalda así que no podía pesar tanto o las tirantes terminarían por quemarme bajo los brazos, en esta, lo indispensable: un Gatorade de emergencia, un impermeable, una pantaloneta y una camiseta ligera que servirían de pijama, crema dental, cepillo de dientes y desodorante, además por supuesto una badana, medias y un jersey, que serían la indumentaria que usaría en mi segunda jornada, todo perfectamente enrollado y empacado casi herméticamente en una bolsa plástica que mantendría todo seco en caso de lluvia. Además, inflador, parches, solución, un mechero, el juego de llaves, palanquetas y listo.
Por lo demás, los implementos de seguridad de rigor: casco, guantes y gafas. ¿El peso? Ni idea, trate de empacar realmente lo indispensable, aun así, 70 kilómetros más adelante, logre calcular que cargaba cerca de una tonelada de cosas que felizmente dejaría tirados bajo cualquier árbol, antes de empezar a subir un puerto de montaña más de los tantos que tendría que coronar los próximos dos días.
Villa de Leyva - Suesca
¡Bip bip bip! La pantalla de mi celular mostraba las 6:00 A.M. del jueves 5 de enero, el día había llegado, las maletas estaban listas, la bici engrasada, limpia, brillante, mi ropa perfectamente organizada, casco, gafas y guantes, todo dispuesto en el orden exacto en que me pondría cada uno, me sentía como un Pro, era mi tour de Francia, ningún cabo suelto, ningún detalle al azar.
Desayuno trancado, un beso a Martina y Lucas (mis hijos), a mis gatas, otro para Cocoa, un beso y un abrazo a mi esposa, sus últimas recomendaciones: “ve con cuidado, no corras, avísame donde vas siempre que puedas y disfrútalo” subí a mi bicicleta y así, di inicio a mi primera Travesía de bike-packing.
Subí hasta la plaza principal de Villa de Leyva, tome mi primera foto aprovechando los tonos fríos y azules de la mañana, las nubes que se posaban tras la Iglesia del pueblo predecían un augurio de buen clima, subí entonces el primer gran pequeño alto, en Ritoque a 2300 m.s.n.m, baje hasta Sáchica, cruce por el parque principal y me dispuse a afrontar el primer reto del día, debía adentrarme en el desierto de la Candelaria, una serie de repechos que iniciaban sobre los 2150 metros en medio de paisajes rojos, piedras afiladas y vegetación hostil, que a tan tempranas horas de la mañana ya enmascaraban el horizonte en un denso y sofocante calor. Unos pocos kilómetros después llegó la primera rampa al 18%, el primer campanazo, la bici y el equipaje pesaban, lo había sentido, y aún no eran ni las 10 de la mañana, aún no tenía permitido llorar así que deje mi orgullo a un lado, baje de la bici y empecé a empujar hasta finalizar la colina, revisé el mapa cerciorándome que no había sido una subida en vano y continué. Al llegar a la altitud máxima del desierto llegó el momento de descansar, una bajada rápida, técnica y un tanto peligrosa entre piedras sueltas y afiladas hasta un pequeño valle. El monasterio de La Candelaria, perdido entre las montañas, el primero construido en América por los Frailes Agustinos durante la época colonial allá por los 1600, hoy, un monumento a la historia, una pequeña plaza, y una capilla.
Es hora de volver a ascender, parto desde los 2200 metros, ahora con rumbo a Ráquira, capital artesanal de Colombia, con calles coloridas repletas de tiendas con todo tipo de artículos hechos a mano por los alfareros de la región. Allí, una parada técnica, algo de comer y una gaseosa pensando en la energía que requería mi siguiente ascenso, que dentro de mis cálculos era el más prolongado de los tres pronosticados para el primer día, eran cerca de 10 kilómetros de caminos empedrados, húmedos y brumosos, siempre en ascenso, desde el kilómetro 32 de la ruta a 2150 metros hasta el kilómetro 41 sobre la corona de la montaña a 2760 m.s.n.m. desde donde se alcanzan a divisar abajo en la lejanía la laguna de Fúquene y San Miguel de Sema, llegaba el momento de cruzar el límite entre los departamentos de Boyacá y Cundinamarca.
Un corto, frío y refrescante descenso hasta una carretera llana que bordeaba la laguna, era momento de recuperar algo del tiempo empleado en la anterior subida, acelere el paso en compañía de la montaña al costado izquierdo, cubierta de nubes mientras a la derecha el horizonte se hacía más lejano, justo por encima de la fina línea demarcada por la laguna y una extensión de pastizales empantanados por las constantes inundaciones producidas por las lluvias.
La siguiente parada estaba programada para almorzar, en Guachetá, el primer pueblo de Cundinamarca, allí da inicio una de las zonas carboneras más importantes del departamento. Sería un recorrido de unos 12 kilómetros después de cruzar el límite departamental, que incluían un llano, una corta, pero motivante subida que llegó a marcar en ocasiones cifras entre el 8 y el 9% para conectar con un falso plano por una carretera que debía compartir con camiones que transportan el carbón extraído de minas vecinas, que dejaban una estela de fino polvo de carbón, que tornan el aire espeso y oscuro, haciendo que la respiración sea realmente exigente, fue un tramo para avanzar, quería salir rápido de allí y necesitaba almorzar, se acercaba la hora 6 de mi viaje y no estaba en condiciones de pedalear de noche por montañas desconocidas y mucho menos pasar la noche fría antes de tener luz y fuerzas suficientes para continuar.
En Guachetá iría a la fija al parque principal, allí seguro encontraría un restaurante con almuerzos ejecutivos, una pollería o en su defecto algún puesto de comidas rápidas, termine comiendo una hamburguesa con papas, práctico, económico y me aprovisionaría de las calorías tal vez suficientes para el resto de la jornada.
La parada no tomo más de media hora, debía seguir con mi camino, a través de la misma senda negra y polvorosa, fue un tramo mucho más agradable que el anterior, gracias al sol de la tarde, me levanto el espíritu y me hizo pensar que sería posible culminar la etapa a tiempo en el hotel.
Lenguazaque, muy parecido a su vecino anterior aunque con mucho menos carbón y más campos cultivados a su alrededor fue una parada muy rápida, una foto, revisar el mapa y echar a rodar, eran las 3 p.m. y aún quedaban unos 50 kilómetros por pedalear, contaba con unas 3 horas de luz y un último puerto que completar antes de rodear la laguna de Suesca para por fin descender hasta el casco urbano del pueblo.
Claro, como todo y nada en el ciclismo, las cosas siempre pueden empeorar, debe ser por eso que este deporte tiene tantos aficionados, nos encanta sufrir, sabemos que al final siempre tendremos una recompensa a todo el esfuerzo, rendirnos no es una opción, y esta no sería la ocasión. El trazado se desvió en algún momento rumbo a una deshabitada vereda de Lenguazaque, era un camino pedregoso en constante ascenso, por allí no pasaba nadie. ¿Cómo transportarán el carbón extraído? “¡Por acá no pasa un camión nunca! Simplemente no cabe” yo solo seguía la ruta marcada en mi teléfono, me negaba a creer que era el camino equivocado, una “Y” dividida en dos mi ruta, me aferre a mi trazado y me dirigí hacia la derecha, 3 kilómetros de un ascenso muy técnico por el cual era muy fácil perder el equilibrio, que después de lograr sortear solo me llevó a una cerca de alambre de púas que ponía fin al camino.
Había perdido casi media hora, la única opción razonable era devolverme hasta el cruce y tomar el camino de la izquierda. Apareció el desespero, recurrí a WAZE, debía asegurarme que no habían pasos cerrados, que podían transitar carros, sin embargo la aplicación marcaba al menos 45 minutos para llegar a Cucunubá, en carro, no en bicicleta, sin energía, y con el color de los últimos rayos de sol en él atardecer. Fue uno de los momentos más angustiantes vividos sobre la bici, durante el descenso hasta la “Y” estuve a punto de caer en dos ocasiones, caer en esas piedras me apagarían la luz y en el mejor de los casos tendría que devolverme a Lenguazaque, evaluar mi estado y determinar si podría terminar mi travesía.
Pare, respire, debía seguir, no importaba si no llegaba a Suesca, Cucunubá seria como la tierra prometida, lo único que importaba era salir de la montaña y bajar al pueblo, seguro conseguiría cualquier hotel de paso, o pasaría la noche en la plaza principal, no me importaría. Así pues decido seguir con la tranquilidad de que aquel día terminaría antes de lo planeado, estaría seguro para recalcular, descansar y retomar al día siguiente con nuevas fuerzas.
Fue un tramo eterno de unos 8 kilómetros que sumaron cerca de 400 metros de desnivel a mi ruta, nunca contemplados, volví a llegar a los 3000 m.s.n.m. después de escalar rampas de hasta 14º que me obligaban a bajarme y empujar a pie la bicicleta, la luz se volvía escasa entre los pinos, pero los números aún estaban a mi favor en este nuevo plan. Me tomo más de una hora llegar a lo más alto del camino y como si hubieran cortado la montaña de un momento a otro empezó un descenso rápido, ahora avanzaría, sin pedalear, mejor aún, sin tener que empujar la bicicleta, un par de curvas más adelante, se abría un valle muy verde que brillaba frío entre las luces finales del día, un paraíso de casas blancas coronado por la torre de una iglesia.
Cucunubá – Gachetá
El amanecer traía consigo la satisfacción de una victoria conseguida, haber decidido pasar la noche en Cucunubá y no en Suesca había sido lo mejor, tan solo me había costado $50.000 incluido el desayuno en un hotel a 2 kilómetros del pueblo, agua caliente, un par de cervezas y una cama caliente para reponer fuerzas. Dispuse todo, deje empacado, solo tendría que desayunar cargar la maleta a mi espalda y salir de nuevo a pedalear.
El día anterior había logrado cubrir 90 kilómetros en casi 10 horas, el segundo día debía cruzar el páramo de Vista Hermosa y sumarle los casi 30 kilómetros que habían quedado pendientes del día anterior, inicie las 7:30 AM después de desayunar, baje hasta la plaza principal, todo se veía más lindo después de descansar y volver a sentirme seguro, un par de fotos, un par de hidratantes en el supermercado del pueblo y adelante.
El día 2 lo llevaría en su mayoría sobre los 2600 m.s.n.m. con un par de ascensos sobre los 3000 en cercanías de Suesca y por supuesto los más de 3200 del Páramo, los primeros 25 kilómetros de los 30 pendientes me tomaron cerca de 3 horas, incluían un primer ascenso al alto del Salitre a un poco más de 2900 metros, rodearía por una colina unos 80 metros más abajo la laguna de Suesca para llegar a un último alto de nuevo a 3000 metros, desde allí por fin se lograba ver Suesca, más allá Gachancipá, el embalse de Tominé y muy al final entre azules montañas, Guatavita.
Descendí rápido por un camino mucho más habitado y transitado, eran algo mas de las 10 a.m., momento para una comida muy rápida, empanadas, ají y café caliente, necesitaba entrar en calor, toda la mañana había estado cubierta de bruma y una llovizna muy fina. Era momento de acelerar, sería el tramo de toda la ruta más largo que transcurriría por pavimento, 8 kilómetros hasta Sesquilé, para después tomar la vía que contornea él embalsé de Tominé hasta Guatavita, 15 kilómetros más de pavimento que podía aprovechar para avanzar y adelantarme a las nubes cargadas de lluvia.
Logre cubrir la totalidad de la distancia en algo más de una hora hasta Guatavita, parada obligada para llenar el tanque, se acercaba el medio día y debía comer lo suficiente antes de iniciar el tramo más duro de la etapa, que culminaría con un descenso de unos 25 kilómetros hasta Gachetá. Reaprovisionamiento de maní y uvas pasas para el camino y vamos. Esta vez no me preocupaba el tiempo, era realmente temprano, algo más de las 12 p.m. sabía la complejidad del desafío, todo era terreno desconocido y nunca había subido a un páramo, a veces pienso que hasta ese día nunca había visto un frailejón, o tal vez sí, pero jamás había entendido su extraña belleza e indiscutible importancia.
La primera placa huella de la subida hacia Monquetiva fue despiadada, no llevaba más de 10 minutos pedaleando cuando una rampa del 18% me obligo a bajar de la bici, me preocupe, este era tan solo el inicio, tenía que subir desde 2700 metros hasta los 3240 en la cúspide del páramo en 19 kilómetros, sin embargo no tuve que empujar demasiado antes de tomar impulso en una bajada que me ayudo a escalar hasta el Alto de la Avena, un puerto relativamente nuevo.
La vista era realmente hermosa, casi panorámica, interrumpida en un par de ocasiones por picos que hacían parte del lejano horizonte, en dirección noroeste y por segunda vez en el día tenía una nueva vista de Tominé resguardado entre montañas, el este era otro mundo completamente diferente, de norte a sur transcurría un valle dividido en mil cuadros de diferentes verdes atravesados por un camino de grava amarilla que serpenteaba en el paisaje y se perdía en la profundidad de una imponente montaña, el páramo de Vista Hermosa.
Descendí hasta el valle entre cultivos y campos arados, vacas lecheras y de vez en cuando lugareños que me miraban con ojos extrañados, era yo, solo en la inmensidad, rumbo al único lugar posible al cual podría llevarme aquel camino, el Páramo.
Después de una hora necesité parar, la irregularidad del camino la empezaba a sentir, la silla de la bicicleta era como una loza de cemento frío y duro, mi cuerpo se resentía con cada kilómetro, aparecieron los primeros calambres, un dolor palpitante en las manos y la constante presión sobre los hombros con cada bache.
Tome algo de hidratante, comí un poco de maní, conecte mi celular a la batería y continúe, los ocasionales descensos empezaron a desaparecer, se avecinaba el páramo, inicie una constante subida, no era demasiado pronunciada, pero sentía que era mucho más prolongada de lo calculado, empezaron a aparecer parajes que nunca antes había visto, la vegetación tomaba un color amarillento, espinoso, escaso en ocasiones, una sensación demasiado extraña se apoderó de mí de un momento a otro, decidí parar, no sabía si habían más caminos entre el páramo, aunque aún tenía suficientes horas de luz, perderme allí arriba no era una opción, llevaba horas sin ver a nadie, una casa ¿Cómo saldría de allí si me llegaba a equivocar de camino? Pare y revise con exactitud el mapa, ese día no podía permitirme un error, tome mi teléfono para darme cuenta de que no estaba cargando, la noche anterior, en el hotel, dispuse todo, organice, empaque, pero nunca puse a recargar la Power Bank, solo quedaba el 30% de carga en el teléfono, debía cuidarla como un tesoro, podía perderme, caerme en la prolongada bajada al salir del páramo y necesitar llamar a mi esposa para que fuera por mí, revise muy bien el mapa, un par de pantallazos para no tener que prender el GPS del celular y continuar.
Unos kilómetros más adelante el espeso bosque que me rodeaba desapareció en su totalidad para dar paso a los primeros frailejones, me di cuenta q había llegado arriba, tal vez lo había logrado, pare por unas fotos de todo eso que nunca había visto, subí a una roca para poder tener una mejor vista del horizonte y me encontré nuevamente con Tominé, muy lejos, más allá del valle y las montañas, el agua fría se veía brillar bajo el sol de la tarde, era la tercera vez q lo veía en el día, lo había visto desde 3 diferentes ángulos, era realmente alimento para el espíritu, todo era paz, un silencio reconfortante que conectaba mi ser con el mundo, allí arriba te das cuenta de la inmensidad del mundo y la pequeñez del hombre, das valor a cada pequeño detalle, al aire, al AGUA.
Fue un lugar con una belleza rara que me sobrecogió y me hizo sentir la grandeza de haberlo logrado, la cumbre estaba a menos de un kilómetro y tenía la certeza que la luz ya no sería un problema, coroné. Unos metros más adelante apareció otro paisaje inesperado, el camino me llevaba por un costado del Pantano de Martos, un desierto de pastos húmedos de los cuales emergía una roca gigantesca, redondeada, cubierta de una vegetación oscura y extraña, como el lomo de un animal gigantesco que dormía en total paz, la recompensa a la constancia, a seguir ante la adversidad, a no detenerse ante el miedo.
Salinas
La cerveza era un néctar amargo que servía como la más fina de las champañas para celebrar el éxito de mi travesía. La segunda etapa me había tomado casi una hora y media menos que la anterior, después de atravesar el páramo solo tuve que bajar unos 25 kilómetros hasta la orilla del Río Salinero.
El Carmen, la finca de Don Francisco, el tío de mi esposa que ya me esperaba allí con los brazos abiertos, tiene una terraza a unos pocos metros de la ribera, yo estaba sentado allí, había logrado descender sano, salvo, y feliz hasta los 1750 m.s.n.m. de Gachetá, lo logre, complete un recorrido muy difícil, repleto de lugares inhóspitos, de sitios ocultos, para muchos una locura, pero para mí una realidad que en adelante viviría en mi cabeza y mi corazón, la prueba de que siempre se puede, estoy seguro de que un par de años atrás jamás se me hubiera ocurrido llevar a cabo algo así, sería uno de tantos a los que les hubiera parecido una locura.
Al final no puedo decir que me llevo lo bueno y lo malo, en retrospectiva no hubo nada malo, los momentos difíciles al final solo fueron retos en el camino que tuve que superar, que me dejaron algo, de los que aprendí, como todo en la vida.
El mundo está afuera, ahí, impasible, esperando, nos envía señales todos los días, que nos llaman a salir a él, a vivirlo, a veces no las escuchamos, pero están ahí, solo debemos escuchar más, observar más.
El miedo a lo desconocido siempre estará, lo importante es usarlo como una fuerza que nos impulsa y no como una barrera que bloquea el paso, la gente buena es más, la vida está a tan solo un paso, y ese paso es tan largo o tan corto como el tiempo que nos lleve decidir darlo.
A la bici siempre gracias.
Encuentra contenido
Rutas destacadas
Tres desiertos
57 km. / 1501 mts.
Suscribete
Newsletter
Suscríbete para recibir cada tanto una nueva página de este viaje.
También puedes escribirnos a info@driftlands.cc
o seguir nuestras rutas y diarios en Instagram como @driftlands.cc
